Réquiem por un rey mago

      La última vez que Xenxo Quiroga fue visto antes de suicidarse –a las 2:05 de la mañana– todavía llevaba puesta esa capa kilométrica, nacarada de almendras y verde como un tomate.

      Derrotado, se había pasado la tarde repitiéndose: “A las cinco y cuarto habré desayunado y a las seis en punto estaré uniformado limpiando alguna calle que yo mismo he maquillado con miel y papeles de colores”.

 

Anuncios

A Montserrat, gracias

    “Estaba rodeado por cientos de ellas. ¡No sé cómo cogían en una casa tan diminuta! Lo abrigaban, a sus setenta años, como a un abuelo. Aquellas figuras femeninas barnizadas y de madera, todas iguales en forma, y huecas y con una hendidura en el ombligo por donde asomaban tímidamente algunas hojas azules o verde oliva se amontonaban como un espeso bosque de tulipanes rodeando a un viejo roble hendido por la mitad al que le temblaban las hojas. Estaban enraizadas en un suelo de madera chamuscada que difícilmente se distinguía del acantilado; que nunca llegó a mojarse en bencina y brea en donde yo vivía. Eran mezclas vivientes de palosanto, mango, roble, maple y caoba y quién sabe qué más maderas trasnochadas, todas adornadas con sutiles redondeles de tupido terciopelo verde y amarillo, perfumadas de laberintos larvados de estoraque, serrín rojo y jena y de cuyos cuellos largos brotaban pelos que ora desnudos ora recubiertos por milpiés metálicos astillaban la rigidez sonora y monotonía de las rocas de nácar en infinitos rubíes. Incapaz de enjaular semejantes criaturas en una sola palabra”, me contaba avergonzada, “me atreví a decir:

– ¡Un montón de Dafnes! ¿Es usted el monstruo culpable de esta metamorfosis?

– No, niña –me dijo cariñosamente una voz profunda y ronca que parecía salida del enorme abrigo soldado por la helada. Me respondió con una risa de estaño viejo que me descubrió que yo tampoco había ido muy lejos, y me dejó claro que, de alguna manera, él ya me conocía– No son más que instrumentos, Montse.”

    En los años que fui estudiante –hace ya mucho de aquello– escuché aquella historia al menos 23 veces. Ella me había contado que todo lo sucedido en su apartada infancia con aquel guitarrista no era más que la consecuencia de un heredado interés por los extraños, hasta entonces ausente en el apartado pueblo de Cariño donde se había criado: “Mi madre, mi abuelo y los del pueblo me advertían: “¡Monte, no vayas allí que ese hombre es un loco y un alcohólico!”. Pero claro, yo tenía siete años y las foráneas ideas paternas demasiado clavadas como para hacerles caso constantemente a los demás: aquel era un viejo exiliado (es más, oxidado), y es imposible no querer a quien se hizo viejo estando solo”.

    La atención que puso Montserrat en mí justificaba que nos contase aquellas historias (y que nos mandase analizar, así de vez en cuando, algún poema en la línea de Victoriano Crémer). Al fin y al cabo, a mí también me había introducido a la guitarra un hombre viejo y loco y eso me hacía entenderla quizás mejor que nadie: hablábamos una lengua semejante. El mío, no tan arropado, fue un desaliñado, un abrigo y unos zocos entumecidos, un pelo largo y plateado que mal le cortaba su hermana anualmente con unas tijeras desafiladas de costura: fue el guitarrista que mejor me quiso.

    “Afortunadamente, en mi Cariño se mantenía, y se mantiene, una vida silenciosa y nunca nadie llegó verdaderamente a interponerse dirigiéndole la palabra, con que pudo envejecer, afortunadamente, solo. Hablaban. Gritaban. Murmuraban, sí, y mucho. Pero allí nadie escuchaba, por lo que imperaba un silencio de moscas.” me contaba Montse aquellos recreos en que necesitaba que mi torpe crisálida adolescente fuera arropada por una materna envergadura azul. “«¿Y cuándo o veíais, Montse?» «Nos veíamos siempre en navidad. Eso me lo prometió el primer día que nos vimos y, como una golondrina, cumplió hasta que… bueno. Yo había bajado a la playa y me había encontrado con que alguien se instalara en la vieja y pequeña casa del acantilado. ¡Toc, toc! Entré sin permiso y me quedé mirándole con mis canicas negras, mi piel de escabeche y mi pelo encaracolado por la salitre. Nos quedamos un largo rato mirándonos y, cuando me hubo reconocido, bajó la cabeza de repente rompiendo con la estaticidad de mármoles griegos y siguió trabajando. No quería que una niña lo viese llorar. Por entonces no entendía por qué lloraba. Y yo pensé en hacerle reír. «¡Un montón de Dafnes!».”

    Siete, diez, doce, diecisiete… rápidamente la miel y los papeles de colores fueron envueltos por el realismo de un escalofrío carmesí, pero ellos cumplían todavía con su promesa. “Con tu edad uno ya se hace a la idea de quiénes son esa clase de viejos. Son extranjeros, extraños, gente que viene de la nada y vuelve con ella sin que nadie los eche en falta. Los vecinos mantuvieron su palabra hasta que el guitarrista dejó de volver. ¡Monte, no vayas allí que ese hombre… ¿pero acaso la gente de Cariño tenía el tiempo, o la impronta genética necesaria, para detenerse a diferenciar si alguien era un abandonado o un loco?”

    Mi profesora Montserrat –a quien más añoro– no llegó nunca a contarme el final de aquella extraña historia formada por una sucesión de navidades y guitarras. Supongo que ella tampoco lo tiene claro y, quizás, sea mejor así. Para mí ya no es solo una profesora, para mí es por siempre una niña de dieciocho años que se quedó anclada frente al mar esperando a un guitarrista que le hizo una delirante promesa a la soledad.